A 50 años del golpe: la efervescencia de la cultura antes de que llegara el silencio


La cultura argentina se despidió con champán. O por lo menos, con sidra. Con esa efervescencia. Yo tenía menos de veinticinco años y estaba allí, veraneando en Villa Gessell, caminando por Corrientes, sentándome a las mesas de La Giralda, de La Paz, del Politeama, el Bar Ramos, con Fogwill, Eduardo Galeano, Alejandro Horowitz, con Cecilia Absatz, Leonardo Favio, Sergio Bizzio, Ricardo Wulicher. De todas las grandes ciudades del país llegaban aires de novedad.
El clima cultural, intensamente politizado, era de discusión permanente: arte, revolución, justicia social, dependencia y liberación. Era el final del dudoso hippismo nacional. Los más convencidos, hartos de la represión, habían comenzado su éxodo hacia El Bolsón. Ahora, incluso los quizás hippies devenían militantes, el movimiento viraba hacia la izquierda, peronista y de las otras. El sueño de todos los padres: que sus hijos fueran a la universidad. El sueño de todos los hijos: el viaje por América Latina.
El movimiento cultural traspasaba todos los límites. Había tacheros que pegaban con orgullo (y cierto grado de peligro vial) programas del cine Lorraine en su parabrisas. La clase media argentina era grande y fuerte. El porcentaje de pobreza estába debajo del 10%.
La renovación de los años sesenta se potenció hasta el ‘76. Buenos Aires tenía una escena cultural innovadora. El Instituto Di Tella había impulsado el arte experimental, los happenings, el pop arte argentino, teatro y música de vanguardia. Aunque cerró en 1970, su influencia se mantuvo. La vieja noción de Cultura, (rígida, elitista, con ce mayúscula) había quedado patas arriba. La cultura debía ser producida por todos y para todos. Mirtha Legrand invitaba a su programa a escritores, artistas plásticos, bailarinas, directores de teatro. Era lo que le interesaba a su público.
La literatura argentina, preferida y masiva
El boom latinoamericano estaba en su cenit. Cortázar y Marechal eran éxito de masas. Borges iniciaba su camino a la gloria. Rayuela era nuestra Biblia. Todos queríamos vivir pobres, infelices pero cultos, en una buhardilla de París. Después de la revolución, claro. Los jóvenes pasábamos la noche discutiendo en los cafés, comiendo los horribles tallarines de Pipo, caminando por la ciudad, amaneciendo en la Costanera. Se tomaba poco alcohol, salvo conocidas excepciones. Una copita de caña Legui en La Paz estaba muy bien vista, junto con literatura, política, psicoanálisis, revolución cubana, cine europeo.
El público lector prefería la literatura argentina, siempre adelante en las mesas de novedades. Se consolidaban Rodolfo Walsh, David Viñas, Manuel Puig, Abelardo Castillo, se establecían nuevos y brillantes narradores, como Liliana Heker, Miguel Briante, Ricardo Piglia. El trío más mentado, como las llama Cristina Mucci, las escritoras Beatriz Guido, Martha Lynch, Silvina Bullrich, seguían en las listas de best-sellers. Los dueños de editoriales como De la Flor o Jorge Alvarez eran personajes de la cultura.
Todos leíamos los mismos libros: los pocos que se traducían, los pocos que se editaban (en comparación con la actual avalancha de títulos). Eso permitía la polémica característica de la época. El psicoanálisis se afirmaba como parte de la cultura y de la sociedad. También en ese ambiente todos leían a todos. Lo que definía la época era la discusión en lugar de la cancelación.
Los libros del Centro Editor invadían los quioscos. La secciones de crítica y cultura crecían en diarios y revistas. Las revistas culturales, como Crisis, El escarabajo de Oro, Los Libros, alcanzaban tiradas de varios miles. Mezclaban literatura, política, sociología, cine, historia y militancia. Los grupos literarios se leían mutuamente, polemizaban en artículos. Entre los críticos, la lingüística francesa, el estructuralismo, la semiología y la política modificaban la problemática literaria.
El cine y el teatro, invitaciones para debatir
No solo íbamos al teatro: queríamos ser teatro. Actuar, escribir, dirigir. Había cantidad de salas, conjuntos independientes, publicaciones, grupos de estudio, autores como Cossa, Gorostiza, Somigliana. Se representaba costumbrismo, indagación psicológica, reflexión política, teatro del absurdo, experimentos de vanguardia. Según una encuesta de Clarín, la mayoría de los espectadores eran menores de 30 años.
El cine argentino era políticamente intenso, estéticamente variado, con una industria todavía fuerte. Se hablaba del “Tercer Cine”, opuesto al cine comercial, con el ejemplo de La hora de Los hornos, de Getino y Solanas (1968). La Patagonia rebelde, de Héctor Olivera, fue un gran éxito y ganó el Oso de Plata en Berlín. Quebracho, de Ricardo Wullicher, denunciaba el poder de las empresas forestales inglesas. Los traidores, de Raymundo Gleyzer, era una crítica feroz a la burocracia sindical. Operación Masacre, de Jorge Cedrón, se basaba en el libro de Rodolfo Walsh.
Otra línea fuerte era el cine autoral, a veces en relación con novelas, como La tregua, de Sergio Renán, sobre el libro de Benedetti, Boquitas pintadas, de Torre Nilsson, adaptación de Manuel Puig, Juan Moreira y Nazareno Cruz, el lobo, de Leonardo Favio, reinterpretación de mitos gauchescos. Y estas películas eran también éxitos de taquilla. Por supuesto, coexistían con un cine popular y de estrellas que seguía muy vivo, con Sandrini, Olmedo y Porcel o Palito Ortega.
En la música, nació y se afianzó rock nacional: Spinetta, Charly García, Gieco. Era una música generacional, vinculada a la contracultura juvenil y a nuevas formas de libertad estética. o reunían a miles de jóvenes. Las letras hablaban de libertad, de identidad, de desencanto.
La genial bailarina Iris Schaccheri ejemplificaba la interrelación entre las artes. Pintada por Berni, Roux, García Uriburu, esculpida por Pujía, fotografiada por Sara Facio, fue un emblema de la vanguardia que, como la Minujin, podían sentarse a la mesa de Mirtha Legrand o ser tapa de revistas de actualidad.
Pero a fines del 74, después de la muerte de Perón, durante el gobierno de Isabel Perón, bajo nefasta influencia de Lopez Rega, comenzó la represión. La Municipalidad de Buenos Aires prohibió cuatro libros de jóvenes autores nacionales: La boca de la ballena, de Héctor Lastra, Territorios, de Marcelo Pichón Riviere, The Buenos Aires Affair, de Manuel Puig y Sólo ángeles de Enrique Medina. Comenzaban las listas negras y el exilio.
A causa de la censura, las amenazas de la Triple A y el clima represivo, muchísimos artistas comenzaron a exiliarse antes del golpe. Otros ya enfrentaban una fuerte persecución.
Así, con esa mezcla de esperanza y tragedia, se vivía en Argentina antes del silencio.
Fuente: www.clarin.com



